Los claroscuros de Salvador Allende

Joaquin Barañao
18 min readSep 9, 2020

Días atrás argumenté en un hilo que en Salvador Allende, pese a sus muchas y extraordinarias virtudes, coexisten demasiadas sombras para encumbrarlo de modelo a admirar.

Recibí una andanada de críticas inusualmente furibunda, incluso para los belicosos estándares de Twitter. La gran mayoría eran simples insultos sin refutación alguna, muchos de ellos ad hominem. Algunos me increpan por no ser historiador ni especialista en la materia. Aclaro, por enésima vez, que nunca he presumido de ninguna de las dos. Soy un mero divulgador. Lo de “mero” no es falsa modestia. Son los historiadores quienes expanden la frontera del conocimiento, que es lo que permite que los divulgadores podamos rebarajar y recocer el mismo caldo, con otros tonos y otros énfasis. Otros iracundos moradores de la twittósfera invocaban el infantil juego del empate (“ah, pero es que Pinochet…”) en circunstancias de que es obvio, y debiera estar superado hace mucho rato ya, que no existe contradicción alguna entre fustigar a Pinochet con palabras de fuego y al mismo tiempo criticar al Chicho (desde luego, la diferencia en la magnitud de la crítica es abismal, Pinochet era un criminal). Pero en medio de toda esa lluvia de excremento digital unos pocos sí apuntaron al fondo, y me motivaron a explicar los puntos con más detención que la que permite el microblogging. Para no incurrir en los problemas que advertí por insuficiente contexto, borré el hilo.

Parto por repetir que Allende era loable en muchos sentidos. A mi juicio lo más notable, de envergadura histórica incluso, fue su genuino interés por la justicia social. Estaba compenetrado hasta la médula con hacer del mundo un lugar más justo. En particular en Chile, desde la colonia una sociedad escandalosamente desigual, es una convicción meritoria (aunque discrepo de los medios mediante los cuales Allende buscaba impulsarla). Era además carismático, trabajador y perseverante, entre otras muchas virtudes que lo llevaron a La Moneda, nada menos. Yerran quienes pretender instalar la idea de que su elección no fue legítima, pues la ratificación del Senado no era más que la regla constitucional vigente, la misma que había operado ya con González Videla, el segundo Ibáñez y Jorge Alessandri. Hace un par de años le celebré públicamente su movida para los tijerales del edificio de la UNCTAD (actual GAM) cuando él se rajó con el vino para los trabajadores y coparon la Alameda para la comilona. Un reconocimiento tan solo anecdótico, sin duda, pero que debiera reflejar que no es mi modelo de Anticristo criollo.

La pregunta es ¿resulta razonable erigir como modelo de admiración a alguien en quien coexistieron, junto a sus innegables méritos, sombras tan significativas? Pienso que no. Si optamos por admirar a alguien como persona, es ineludible la evaluación integral. Es dañino glorificar a próceres ambivalentes, porque confunde el mensaje que proyectamos a través de nuestra adscripción. Si caminamos en la calle vistiendo una polera del Che Guevara no articulamos nuestras convicciones de manera pormenorizada, sino apenas binaria: le admiro, thumbs up, punto. Ese mensaje no contiene más información que esa, blanco/negro, sí/no, apruebo/rechazo. Los testigos tienen derecho a preguntarse si acaso nuestro combo de filiación incluye las ejecuciones sumarias ordenadas por Guevara en La Cabaña, o su virulenta apología al odio como factor de lucha. Si escarbamos lo suficiente, encontraremos virtudes voluminosas, algunas extraordinarias, en varios de los personajes más siniestros de la historia (y vaya que dan ganas de incurrir en el cliché de los monstruos del nazismo). Es por este criterio de la evaluación integral que todos estuvimos de acuerdo cuando se retiró la estatua de Renato Poblete y se cambió el nombre del parque que lo honraba, aun cuando es muy difícil negarle los muchos porotos anotados timoneando el Hogar de Cristo. Evidentemente, mis críticas de Allende son de un tenor MUY MUY distinto a los crímenes de Poblete, que solo cito para ilustrar el criterio rector: si concordamos con el retiro de la estatua y el cambio de nombre del parque, necesariamente concedemos que la obra no es del todo independiente de las otras dimensiones de la persona.

¿Vale la pena esta evaluación retrospectiva cuando son ya tantos los años transcurridos? Pienso que sí, por una poderosa razón: el pedestal al que se ha encaramado Allende (cosa de ver las encuestas) inducen a una comprensión errada de por qué la UP fracasó de manera tan estrepitosa. Va percolando la noción de que el fiasco se debió a la CIA, al sabotaje interno, u otros agentes externos al gobierno, que bloquearon la sabia receta de Allende a la prosperidad y la armonía. Y sí, después de intentar infructuosamente incidir en nuestra elección Nixon dijo que haría “chirriar la economía chilena”, y sí, Chile era en efecto otro teatro secundario de la Guerra Fría, pero ni la influencia estadounidense ni ninguna otra gozaba de tanto poder para determinar lo que aquí sucedió. La zozobra encuentra su explicación fundamental en errores de la propia UP. Por eso es ese el primer argumento del listado, el más importante y el más extenso:

La gestión económica de su gobierno

Quizás la obra más detallada al respecto es El gobierno de Allende: Chile 1970–1973. Ahí se señala: “Para los máximos dirigentes de la coalición, el manejo económico era una cuestión técnica a la cual prestaron poca atención, delegándola, en el entendido que debía subordinarse a la necesidad de ampliar la base popular de apoyo. El programa económico fue poco elaborado, tuvo escasa discusión y no se concretó un esquema consistente ni cuantificado. […] Agotados los cuadros técnicos de confianza política, se recurrió a personas no idóneas para el desempeño de cargos importantes”. Añade que aspectos populistas del programa de la UP impusieron “una restricción absurda sobre la política de comercio exterior” de modo que por periodos “los productos importados resultaron absurdamente baratos”. El texto habla también de incongruencia de las transformaciones estructurales con una política económica desorbitadamente expansiva y distributiva. Acusa, por último, que las decisiones del gobierno tuvieron carácter eminentemente cortoplacista, apremiadas por la contienda electoral permanente y señala una “concepción políticamente infantil” del proceso revolucionario.

¿Y quién articuló tan demoledora evaluación? No precisamente un Chicago Boy o un termocéfalo de Patria y Libertad. No. Ese libro es de Sergio Bitar, exministro de la UP. Por supuesto que ese libro y otros similares también conceden algunos aciertos, pero no por ello mi selección califica de cherry picking, la expresión anglo que describe la mala práctica de ocultar aquel subconjunto de la evidencia que contradice nuestra tesis. El punto es que, aun cuando haya aciertos, esos condoros son suficientes por sí solos para que una muy magra evaluación final. Es como un arquero que se come cuatro goles groseros: aun cuando haya acertado en varias otras atajadas, esos cuatro patinazos bastan y sobran para un resultado paupérrimo, y por consiguiente para una evaluación global demoledora.

El desabastecimiento y la fijación artificial de precios originó colas para acceder a la tarifa oficial y un mercado negro a precios de equilibrio real. El gobierno respondió con las Juntas de Abastecimiento y Precios (JAP), con la misión de administrar la provisión de bienes. A cargo quedó Alberto Bachelet, general de la FACh y padre de una pelilarga estudiante de medicina. En la práctica, muchas JAP se transformaron en centros de acopio y distribución.

¿Por qué el déficit en la oferta? En parte por la emisión masiva de dinero y el aumento artificial de los salarios. En el breve periodo de la UP, el monto de circulante se multiplicó por 30, lo que junto con la fijación de precios incrementó la demanda a niveles imposibles de satisfacer. Pedro Vuskovic, el ministro de Economía, supuso que los empresarios aumentarían la producción en lugar de subir los precios. Improbable si al mismo tiempo se incitaba a los empleados a ralentizar el ritmo para transferir las empresas al Estado. Ante tal incertidumbre, solo empresarios con guata de fierro osaban invertir.

Más conveniente que operar con precios congelados y rentabilidad casi nula era sentarse a jugar payaya y esperar a ser expropiado. Luis Corvalán, secretario del PC, erosionó más todavía los incentivos cuando declaró que jamás se adoptarían “medidas represivas contra un obrero o un campesino que se toma una fábrica o un fundo”. En el campo, el temor a la enajenación llevó a agricultores a no sembrar, liquidar maquinaria y sacrificar ganado. Otros enviaron sus animales a Argentina.

En los yacimientos mineros nacionalizados, de acuerdo con Simon Collier y William Sater, historiadores británico y estadounidense:

Las rencillas entre los sindicatos del DC y aquellos controlados por los independientes, por una parte, y los funcionarios socialistas y comunistas, por otra, llevaron a huelgas no autorizadas por los sindicatos y al colapso de la disciplina de la fuerza de trabajo. Mientras tanto, la fuerza laboral había aumentado: en Chuquicamata en, aproximadamente, un 30%. Otro observador norteamericano señaló que muchos de los nuevos empleados eran “personal no cualificado, tales como sociólogos y psicólogos y hombres de relaciones públicas, que se habían dedicado al trabajo político por el bien de la UP o por rivalidades infantiles entre ellos mismos”. David Silberman, ingeniero en minas, comunista, que trabajaba en Chuquicamata, lamentaba que la afiliación política contara más que la formación a la hora de decidir contrataciones, y concluyó que “los problemas en las minas son principalmente políticos y sociales”. Entre 1967–69 y 1973, el empleo en las minas aumentó un 45%, mientras que la producción per cápita disminuyó al menos un 20%.

Pedro Vuskovic, ministro de economía, declaró en 1971: “La finalidad de nuestra maniobra, que se conseguirá a través de la abolición de la propiedad privada, será la destrucción de las bases económicas del imperialismo y de la clase dominante”. Sé que algunos ultrones de 2020 estarán de acuerdo con esto, pero para todos los demás ¿Podría alguien negar que, incluso en el caso de que abolir la propiedad privada le pareciera en el papel una deseable medida de justicia, en la práctica nunca jamás nadie se atrevería a invertir un peso en este país y que la fuga de recursos sería incontenible?

Para el tanquetazo de junio de 1973, ya eran 526 las empresas expropiadas unilateralmente, a cargo de interventores estatales. Puedo entender que algunos radicales aún vean en esto un camino necesario para resolver nuestro acuciante problema de desigualdad, aunque me pregunto si la gran mayoría no radicalizada que admira a Allende de verdad pondera lo que esto significa. En 1973, esas 526 empresas comprendían mucho más que “las diez familias más ricas de Chile”. Involucraban también personas que, con mucho esfuerzo y trabajo, lograron prosperar. ¡Es genuinamente radical! ¿Tasa tributaria corporativa nivel escandinavo? Legítimo, discutámoslo, en una de esas hay que apuntar para allá. Pero me cuesta muchísimo creer que los cientos de miles de admiradores del Chicho estarían de acuerdo con que el camino para lograr una sociedad cohesionada y una economía que atrae inversiones y talento es expropiando las empresas de quienes logran triunfar. No hay ni un solo país de los que admiramos —Noruega, Finlandia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, etc— que haga algo siquiera remotamente similar.

Tanto es así, que incluso al ex jefe económico del programa de Daniel Jadue (2021), el representante del partido comunista, le parecía excesiva “la ola estatizadora” de Allende.

Su manga ancha con las organizaciones violentistas

En 1967, Allende participó de la Conferencia Tricontinental de La Habana. En el evento se repartió un folleto escrito por el Che Guevara titulado “Crear dos, tres… muchos Vietnam” Era una extensa invocación a la vía armada.

A fines de los ‘60, al mismo tiempo que presidía el Senado, Allende fue representante chileno de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, organismo que Fidel Castro creó a sugerencia suya, y que estipulaba que “la lucha revolucionaria armada constituye la línea fundamental de la revolución”.

Esta manga ancha con las organizaciones violentistas tuvo consecuencias trágicas. En diciembre de 1970 Allende indultó en calidad de “joven idealista” a Arturo Rivera Calderón, cofundador de la Vanguardia Organizada del Pueblo. Hablamos de una organización que proclamaba:

La subversión debe hacerse con delincuentes, porque son los únicos no comprometidos con el sistema: los obreros luchan solamente por aumentos de sueldo, y los estudiantes son pequeños burgueses jugando a la política; en el hampa está la cuna de la revolución.

Otro cofundador era su hermano Ronald, un criminal que acumulaba 27 asaltos y 6 asesinatos, que fue expulsado de la Juventud Comunista en 1967 por sus ideas “aventureristas y provocadoras” y que fue expulsado del MIR en 1968 “por extremista”. Sí, leyó bien, fue expulsado del MIR por extremista.

Seis meses después del indulto de Allende, Arturo Rivera participó en el comando que acribilló a Edmundo Pérez Zujovic, ministro del interior de Frei Montalva (el homicida material fue Ronald).

De Ho-Chi-Minh en el discurso inaugural del año académico en la Universidad de Concepción dijo: “¡Nunca me olvidaré de su figura, nunca dejaré de recordar la transparencia de su mirada y, al mismo tiempo, la bondad de sus palabras!”. Pues bien, un documento del Politburó de mayo de 1953 indicaba que las ejecuciones planeadas DE ANTEMANO para la reforma agraria vietnamita sumaban “una por cada mil personas de la población total”. Es decir, unos 15.000 “terratenientes reaccionarios y malvados”. Hay más: durante la Primera Guerra de Indochina (1946–54) el gobierno de Ho Chi Minh esclavizó, desplazó, mató y colonizó a la fuerza a minorías montagnard. Respecto a represión doméstica: aunque es difícil precisar números, son 80.000–200.000 los vietnamitas muertos a manos de sus propios regímenes, muchos (no todos) bajo Ho Chi Minh.

Tráfico de armas

El guerrillero cubano Daniel Alarcón Ramírez (“Benigno”), quien admiraba al Chicho y lo que menos le interesaba era menoscabar su imagen, relató su colaboración para con la guerrilla castrista en Bolivia:

Salvador Allende que en aquel momento era Presidente de la Cámara del Senado Chileno, nos ayudó grandemente en el traslado de las armas, en sus valijas [diplomáticas] trasladamos las armas a través de la embajada de Argelia, después se hicieron llegar hasta Chile y posteriormente hasta Bolivia.

“No soy el presidente de todos los chilenos”

Suele criticarse esta célebre cita, recién asumido de presidente, por falta de contexto. Este es el párrafo completo:

Yo no soy el presidente de todos los chilenos; otra cosa muy distinta es que respete a todos los chilenos y que las leyes se apliquen a todos los chilenos. Pero sería hipócrita el decir que yo soy el presidente de todos los chilenos. No, hasta hay gente que quisiera que estuviese frito en aceite y soy chileno.

Allende estaba consciente de que enfrentaba una dura oposición, que muchos lo veían como el enemigo. ¿Da ello pábulo para despacharse esa declaración? Por ningún motivo. Por muy hostil que sea la oposición, renunciar al objetivo de universalidad en el gobierno es claudicar de entrada al propósito de la democracia. Indica que el bienestar de tus opositores no son parte de los objetivos de tu administración. Y en el caso de Allende, aunque su elección fue indiscutiblemente legítima, el 63,3% no votó por él. Si bien no hay manera de probarlo, apostaría mi pulmón derecho a que si Piñera emitiese semejante declaración hoy —y vaya que no falta quienes lo querrían frito en aceite — la reacción pública sería de una furia difícil de poner en palabras. Haga el ejercicio. Cierre los ojos e imagine a nuestro actual presidente articulando “Yo no soy el presidente de todos los chilenos”. Tendríamos que partir a buscar refugio a búnkers antinucleares.

Su engaño sistemático

Este punto fue por muchos malinterpretado en el hilo de Twitter, y reconozco que mi redacción daba espacio a esa lectura. Me explico mejor.

Allende engañaba a su mujer de manera sistemática. Era compulsivamente infiel. Incluso su nieta hizo un documental al respecto: “Mi abuelo tuvo una mujer paralela en cada campaña”. Esto no es por ningún motivo una crítica a su comportamiento sexual. Mientras haya mutuo consentimiento entre personas adultas, cada uno es libre de hacer lo que se le plazca en la cama. No hay, a mi juicio, comportamientos reprochables ahí. El punto es el engaño a lo largo de décadas. Es levantarse todos los días, mirar a los ojos a la persona más importante de tu vida y mentirle. Día tras día, hasta un puntoen que la Tencha se tuvo que resignar a qué así de indigno era el deal no más. Ella reconoció haber “sufrido mucho”. Si la hubiese engañado con plata o con su pasado, por ejemplo, la crítica sería exactamente la misma. Y me sentiría más cómodo haciéndola, porque no podría interpretarse como moralina sexual.

Esto no tiene absolutamente nada que ver con el clivaje conservador / liberal, sino que con el valor universal de la compasión. Si hacer sufrir a lo largo de décadas a tu compañera de vida no es motivo de reproche, no sé qué cosa lo es.

“Ah, pero es que yo lo admiro por su dimensión política, el resto me tiene sin cuidado”. Eso nos retrotrae a la introducción. Si admitiéramos que el divorcio de la dimensión política y personal son absolutas, tendríamos que admitir que no hay problemas en admirar al guatón de GASCO como exitoso empresario que es, porque expulsar matonescamente a personas de la playa aledaña a su casa corresponde a la esfera personal. Imagina que el Diario Financiero organiza una encuesta por el empresario más admirado de Chile y gana el guatón de GASCO ¿o no que resulta disonante?

El proyecto de eugenesia ¿una crítica del todo anacrónica?

Como ministro de salubridad del gran Pedro Aguirre Cerda, Allende impulsó un proyecto de ley con medidas eugenésicas: punición legal del contagio venéreo, tratamiento obligatorio de los toxicómanos y, lo más jodido, esterilización obligatoria de alienados. En esta categoría cabían esquizofrénicos, epilépticos, quienes padecían de sicosis maniaco depresiva, alcoholismo crónico, y varias otras afecciones.

La propuesta de esterilización fue comisionada al médico Eduardo Brücher, seguidor de las políticas que en este campo había adoptado la Alemania nazi. Citó a Hitler para señalar que dejar sin descendencia a un defectuoso “significa el acto más humano de la civilización; con ello se impide que nazcan millones de degenerados […] existe una gran cantidad de seres de poco valer, con los que es preciso terminar, para que no llegue el momento en que arrasen con la civilización”.

Esta aberración suele ser refutada argumentando que en aquella época (1939) tales ideas gozaban de cierto apoyo. Eso es verdad. Varios de los países más avanzados del mundo habían implementado medidas similares. ¿Cómo ponderar esta barrabasada entonces? A mi juicio, al evaluar comportamientos históricos es un error incurrir en cualquier de estos dos extremos:

  • Obviar por completo el contexto y los valores de la época. Nos conduciría a absurdos tales como tachar de inmorales a los campesinos medievales que surtían a sus hijos con cerveza ale al desayuno (#TrueFact). Y tengo pocas dudas de que en el futuro nos tacharán de inmorales a todos quienes no somos veganos.
  • Exculpar por completo todo comportamiento pasado porque es pasado. Nos conduciría a absurdos como que ni siquiera Pedro de Valdivia mutilando narices mapuches a modo de escarmiento en Andalién podría ser criticado, aun cuando era brutal incluso para esa época. O que las atrocidades de la dictadura de Pinochet no podrían ser reprochadas porque “viejo, no seas anacrónico, era la Guerra Fría y era necesario frenar el comunismo a como de lugar en pos de un bien mayor”.

El equilibrio es un punto intermedio ¿Era tal o cual comportamiento reprochable incluso en esa época?

Para ello, hay que computar las opiniones de los contemporáneos. ¿Cómo le va al proyecto eugenésico de Allende? Pues, no llegó a presentarse al Congreso, en gran parte porque fue duramente criticado (si bien no en forma unánime) por la Sociedad de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal. Carlos Hamilton señaló que los católicos “rechazamos la trata de blancas; el salario inhumano; la esterilización”. Solo dos años antes, en la encíclica Mit brennender Sorge el papa Pío XI había juzgado con implacable dureza las ideas raciales del nacional socialismo, las mismas que inspiraban a Brücher, y en Casti connubii (1930) declaró moralmente ilícito cualquier intervención para evitar la procreación. Y, ya que el punto es no incurrir en anacronismos, recordemos que en 1939 la Iglesia católica no era precisamente un actor marginal en el debate público, sino todo lo contrario: quizás el más influyente de todos. La inmensa mayoría eran católicos observantes, y las encíclicas papales gozaban, al menos en teoría, de estatus no conversable.

La idea de Allende no era un chifladura personal. Ahí estaban Estados Unidos, Suiza, Dinamarca, Suecia, Finlandia, etcétera. Pero tampoco era, ni de cerca, universalmente abrazada, y era para amplios sectores una franca aberración.

Con todo la humanidad disponible para admirar ¿Por qué jugársela por alguien que aquí erró de forma tan gruesa en el lado correcto de la historia?

Sus elogios a Kim Il Sung

En visita a Corea del Norte, Allende comentó* respecto de Kim Il Sung, entre otras varias loas:

Su prestigio no es prefabricado, es la consecuencia directa de haber sido él quien encabezó el combate guerrillero contra los invasores, quien organizó el partido comunista coreano y quien ha dado demostraciones de enorme capacidad de estadista revolucionario y de combatiente antimperialista.

El régimen opresivo de Corea del Norte es uno de los grandes dramas de la historia contemporánea. Naciones Unidas informó en 2014 que “la gravedad, escala y naturaleza de estas violaciones [a los derechos humanos] revelan un estatus que no tiene paralelo en el mundo contemporáneo”. Por supuesto, Allende no manejaba esa información para 1969, pero el líder llevaba ya 21 años de horrorosa autocracia. Una que Human Rights Watch evalúa en forma tan demoledora que la tituló el catastrófico legado de derechos de Kim Il Sung.

*Nota: la fuente de la cita no es confiable. Sin embargo, la primera parte aparece en medios de prensa, por lo que es improbable que sea completamente fabricada. La entrevista completa de Carlos Jorquera está en esta revista, aunque falta la primera página de la misma.

Sus acogida a los desvaríos raciales de Cesar Lombroso

En su tesis Higiene mental y delincuencia (1933) Allende cita en extenso al criminólogo italiano Cesare Lombroso. Imprescindible copiar el texto completo para explicar el punto:

Relata Lombroso que existen tribus más o menos dadas al delito. Así por ejemplo, en la India tenemos la tribu Zackakhail, cuya profesión es el robo, y, cuando nace un niño varón lo consagran a la misma, cantándole tres veces: “Sé ladrón”.

Entre los árabes hay algunas tribus honradas y laboriosas, y otras aventureras, imprevisoras, ociosas y con tendencia al hurto.

Los cíngaros [gitanos] constituyen habitualmente agrupaciones delictuosas en donde impera la pereza, la ira y la vanidad. Los homicidios son muy frecuentes entre ellos.

Los hebreos se caracterizan por determinadas formas de delito; estafa, falsedad, calumnia y, sobre todo, la usura. Por el contrario, los asesinatos y los delitos pasionales son la excepción.

Estos datos hacen sospechar que la raza influye en la delincuencia. No obstante, carecemos de datos precisos para demostrar este influjo en el mundo civilizado.

Hoy todo esto es intragable. ¿Cuán aceptado era en 1933? Como con la eugenesia, las ideas de Lombroso generaban división. Brillante a ojos de algunos, y una abominación de otros. En 1906 un partidario de sus preceptos comentó respecto de su título El hombre criminal que es una obra tan combatida por los reaccionarios”, dando a entender que los detractores eran muchos y muy furibundos. La falta de rigor científico de Lombroso en otra de sus obras fue reprochada sin misericordia en 1892 por el American Journal of Psychiatry, que describió sus “verdades a medias, tergiversaciones y suposiciones”. Con igual vehemencia lo criticó en 1899 el antropólogo Giuseppe Sergi. Nicole Rafter, académica de la Facultad de Justicia Criminal de la Northeastern University, apunta que los críticos de Lombroso hacían nata durante su vida, y que para el momento de su muerte solo los italianos seguían asignándole credibilidad a sus teorías sobre el origen racial del crimen. ¿Y cuando murió Lombroso? En 1909, 24 años antes de que Allende afirmara en base a sus postulados que, si bien no es del todo concluyente, sus datos “hacen sospechar que la raza influye en la delincuencia”.

¿Por qué Allende asignó tanta credibilidad y tanto espacio a un autor a la vez tan desacreditado y cuyas ideas, incluso en 1933, eran tan chocantes? ¿Por qué no al menos citó a algunos detractores, que a esas alturas eran ya la opinión prevalente fuera de Italia, de manera de ofrecer una visión más ponderada? Difícil saberlo. A nadie se le puede juzgar por no haber leído toda la literatura sobre un tema y —quizás sea el caso aquí — no estar enterado de las refutaciones vertidas por terceros, pero tratándose de conclusiones así de perturbadoras uno debiese verse compelido a estar muy seguro de lo que se escribe.

Allende no insistió en esto. Gonzalo Vial, ministro de educación de Pinochet, no le dio importancia y solo lo llamó “aberraciones juveniles” y “locura de tesis”. Dicho eso, insisto: de entre tantos a quien admirar ¿por qué optar justo por quien en estos temas militó en un lado tan requetequivocado de la historia?

Eso sí, el penúltimo párrafo sobre los hebreos en ningún caso permite afirmar que Allende era antisemita. No lo era. El libelo de Víctor Farías yerra de plano en este punto. Allende cita varias etnias a las que se refiere Lombroso, y los hebreos son solo una. Más aún, Lombroso era de raíz judía, aunque ateo. Allende nombró además a dos judíos en puestos importantes durante la UP. Algunos citan como evidencia de antisemitismo el rechazo a la solicitud de extradición de Walter Rauff, coronel de las SS, pero en su carta a Simon Wiesenthal el Chicho explica que la solicitud fue denegada por la Corte Suprema.

La homosexualidad como enfermedad ¿una crítica del todo anacrónica?

En la misma tesis antes citada, Allende escribe:

Otro trastorno endocrino sexual, que es considerado aún como delito en algunos países, es la homosexualidad. Tema éste acaloradamente discutido, y que tiende hoy día a ser considerado desde un punto biológico y científico.

El homosexual orgánico es un enfermo y, en consecuencia, debe merecer la consideración de tal.

Luego cita a un par de autores que “han logrado curar a un homosexual […] injertándole trozos de testículo en el abdomen”.

El contexto es fundamental, desde luego. En 1933 la mayoría consideraba la homosexualidad como una enfermedad. La OMS dejó de calificarla como desorden mental recién en 1990.

Dicho eso, en 1933 había homosexuales igual que hoy, solo que de modo más solapado. Sufrían igual que hoy, si no más, de la incomprensión de la sociedad. No todos en 1933 hubiesen tenido estómago para escribir con optimismo de cómo curar homosexuales injertando trozos de testículos. Muchos lo hubiesen considerado impresentable. Esto no hace de Allende un homofóbico, pero de nuevo ¿por qué admirar a quien también en esto se equivocó del lado correcto de la historia? ¿Por qué casarse el desafío mayúsculo de defender que en 1933 sí era humano y compasivo abogar por el injerto de testículos?

En síntesis, nadie nos obliga al malabarismo argumental

Es opcional jugársela de manera incondicional por un personaje con claroscuros tan marcados que te fuerzan a piruetas argumentales para rebatir los “oscuros”. Porque, my friend, hay muchos personajes notables de izquierda. No me refiero a alguien intachable, que nadie lo es, pero al menos alguien que no cargue tanto y tan variopinto lastre.

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