La patota genocida del partido comunista de Chile

Por Leonardo Benito y Joaquín Barañao. Versión beta, atentos a la corrección de eventuales errores

El 12 de junio de 1943, Eduardo Frei Montalva, presidente de la Falange Nacional, recibió el siguiente telegrama de Joseph Goebbels ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, en alemán y castellano:

Me es grato informar que el giro de 12.000 marcos solicitado por su partido para labores de difusión de nuestra causa ha sido aprobado por el consejo supremo del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei. El dinero podrá ser retirado a partir del 22 del presente a las 0:00 horas en la oficina conjunta de la legación alemana. Como fuera acordado, las actividades con este realizadas deberán ser rendidas a la misma legación cada viernes antes de las 16:00 horas.

Transmito la complacencia que nuestro Führer ha mostrado ante los servicios que su generosa institución prestará para la gloria eterna del Tercer Reich.

Es muy probable que en este momento te estés preguntando dos cosas:

Detente diez segundos y reflexiona sobre esta anomalía. Piensa en los seis millones de judíos asesinados durante el holocausto, en los otros cinco millones exterminados en nombre del nazismo, y en general en el inenarrable sufrimiento que este régimen genocida trajo al mundo. Ahora, para, respira, y piensa ¿Quién podría seguir apoyando a la DC?

— — -Espacio para reflexión de diez segundos — — -

¿Ok?

La explicación a ambas preguntas es muy sencilla: esa carta nunca existió. ¿Y por qué este artificio retórico? Porque ayuda dimensionar un paralelo que sí es genuino. Algo muy parecido, aunque no bien conocido.

Vamos con historia de a de veras. En 1922, en su tercer congreso en Rancagua, el Partido Obrero Socialista votó adherir a la Internacional Comunista (o tercera Internacional, o Komintern) y pasó a llamarse Partido Comunista Chileno (PCCh). La Internacional fue fundada por Lenin ¿Y quién era el tal Lenin? ¿Solo un joven idealista abocado a un mundo menos desigual? No exactamente. Este sujeto, faro del naciente PCCh, era el tirano que encabezó el Terror Rojo, aquel periodo entre 1917 y 1922 en que, a causa del terrorismo de Estado, cientos de miles de personas fueron ejecutadas por sus ideas políticas. Sí, cientos de miles de personas. De entre miles de monstruosidades sin nombre, escogemos una que relata el historiador Alexander Yakovlev: sacerdotes y monjas fueron crucificados, arrojados a calderos de alquitrán hirviendo, escaldados, estrangulados, forzados a comulgar con plomo derretido y finalmente ahogados en agujeros en el hielo. ¿Le podemos creer a Yakovlev? ¿No será un denodado anticomunista interesado en enlodar al partido? No solo no lo era. Era miembro del Politburó y del Secretariado comunista en la década de 1980, arquitecto de la Perestroika. Fue justamente su acceso privilegiado a los archivos del partido lo que le permitió conocer estas abominaciones (las juventudes comunistas chilenas, menos críticas que Yakovlev, siguen homenajeando a Lenin en 2020 y Camila Vallejo en 2021).

Si eres delicado de guata, prepárate. Recién precalentamos.

El PCCh hizo suyos los estatutos y se alineó con los objetivos de la Internacional Comunista. Esto incluía:

Combatir mediante todos los medios disponibles, incluida la fuerza armada, para derrocar la burguesía internacional y la creación de una república soviética internacional como una etapa de transición hacia la abolición completa del Estado.

Esta declaración no es una filtración o un rumor no confirmado. No. Es parte de las resoluciones oficiales del Segundo Congreso. Así no más. Tranqui.

En adelante, el PCCh y su par soviético eran uña y mugre. Tan estrecho todo, que el chiste de moda por aquí era que cuando llovía en Moscú los comunistas chilenos salían con paraguas. Tal vinculación con el régimen genocida no es un desvarío conspiranoico. En el plan de estudios para la formación política-ideológica de la militancia, editado en 1933, el texto Fundamentos del Leninismo de Stalin, era, junto a otros documentos del líder soviético, ampliamente citado como obra de estudio. Los estatutos del partido incluyeron entre los deberes y derechos de los militantes la prohibición “de mantener relaciones personales, familiares y políticas con trotskistas”.

Hablemos de lucas. Olga Uliánova, doctora en historia por la Universidad Lomonosov de Moscú, y Eugenia Fediakova, doctora en Ciencias Políticas por la Academia de Ciencias de Rusia, concluyen (1 y 2) que entre 1950 y 1973 hubo “un vínculo orgánico y permanente” en materia financiera entre el PCCh y el PC soviético. Ahora bien, para entonces el angelito Lenin estaba ya bien embalsamado. ¿Atenúa la partida de Lenin el que ambos partidos sostuvieran tan acaramelado pololeo?

Corta: no. Prepara la guata.

Entre 1925 y fines de 1952, el mandamás era Iósif Stalin. Si no conoces mucho de él (su prontuario genocida recibe mucho menos atención en occidente que el de Hitler) te ayudaremos aquí con una ligera ayuda memoria. Hay dos opciones:

¿Por dónde partir? Quizás por los cerca de nueve millones de muertos que dejó su gobierno. O por los 18 millones de personas que padecieron el sistema de Gulags, la red de campos de trabajos forzados. O por los derechos de los trabajadores: en 1940, Stalin impuso una ley que castigaba como ofensa criminal cualquier ausencia no justificada por más de 20 minutos al trabajo. Se castigaba con hasta seis meses de trabajo forzados y un descuento del 25% del sueldo. Entre 1940 y 1955, 36 millones de personas fueron castigadas con esta medida, de ellos 15 millones fueron a prisión y 250.000 fueron fusilados. También podríamos hablar del Holodomor, “matar de hambre” en ucraniano, provocada por los atarantados esfuerzos de industrialización agraria y las políticas de colectivización de Stalin, que provocaron la muerte de quizás cinco millones. Stalin no solo no procuró salvar esas vidas, sino que además rechazó ayuda internacional. Las niñas nacidas en 1933 tenían una esperanza de vida promedio de 8 años, y los niños de 5 años (aún en 2020 las juventudes comunistas chilenas afirman que la responsabilidad soviética es una invención impulsada por la CIA y fascistas ucranianos).

Al mismo tiempo que el partido comunista soviético ejecutaba 700 mil personas, muchos de ellos de minorías étnicas, durante la Gran Purga de 1936–38, su hermano menor chileno recibía de esa misma institución las primeras remesas, de US$ 400 a US$ 500 (~US$7700 — US$9600 en plata de hoy).

A partir de 1940, la prensa comunista chilena fue la gran divulgadora de la admiración por Stalin. Durante la guerra, El Siglo publicaba “la orden del día” del Mariscal Stalin. A nivel discursivo, nunca se puso en duda que las bases ideológicas del PCCh eran “marxista-leninista-estalinista”. Fueron numerosos las rimas, canciones y poemas dedicados “al querido camarada Stalin”. Por ejemplo, esta portada de 1945 de la Revista Principios, editada por el Comité Central del PCCh:

Saltamos a 1950, año de creación del Fondo Internacional Sindical de Ayuda a las Organizaciones Obreras de Izquierda. Se establecieron como donantes los partidos comunistas en posición de gobierno, con el objetivo de beneficiar a distintas organizaciones obreras de izquierda en todo el mundo. Al año siguiente, Stalin en persona comienza la repartición de fondos. Los informes de gastos se rendían directamente a su nombre. Aquí el detalle de los aportes percibidos por el PCCh de parte de estos criminales:

Aportes recibidos del PCCh del Fondo Internacional Sindical para Ayuda a las Organizaciones Sociales de Izquierda. Fuente: Uliánova y Fediakova

El paroxismo del culto a Stalin por parte del PCCh fue consecuencia de los sucesos de marzo de 1953. Un buen día sufrió un ataque cerebrovascular. Tal era su crueldad, que nadie se atrevía a entrar a su habitación por el bien fundado temor a ser castigado. Su mayordomo arriesgó por fin el pellejo a eso de las 10 PM, cuando ya había transcurrido toda la jornada sin dar señales de vida. Lo encontró agonizando. Momento de convocar a su médico personal ¿no? Imposible. En esos momentos era torturado en el sótano de la prisión de Lubyanka por haber sugerido que Stalin debía descansar.

Stalin murió. La prensa partidaria chilena publicó declaraciones públicas, poemas, textos teóricos y noticias internacionales, que posicionaban su figura en lo más alto del altar del movimiento comunista internacional. La Revista Principios publicó el apologético “Discurso del Camarada Galo González, Secretario General del Partido Comunista de Chile con motivo de la muerte de José Stalin”. Neruda describió a este carnicero como “el más grande de los hombres sencillos, nuestro maestro”, y añadió: “Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo / Stalinianos. Es esta la jerarquía de nuestro tiempo”.

De acuerdo con Genardo Arriagada, el PCCh:

En los 60, referido a la dimensión del país, era el tercero más importante después de los de Italia y Francia. Pero, a la vez, tenía el triste registro de haber sido el más obsecuente en su apoyo a los crímenes cometidos por Stalin, sus sucesores y otras revoluciones de ese signo. Apoyó el asesinato de Trotsky; los procesos de Moscú; respaldó el pacto Nazi-Soviético; el aplastamiento por los soviéticos de la revolución Húngara en 1956 y, en 1968, de la Primavera de Praga, la que de un modo ominoso el PC celebró con un acto en el Teatro Caupolicán donde los militantes coreaban la consigna “Checo, comprende, los rusos te defienden.

Uno podría pensar que la humanidad entera no alcanza para caer más bajo que los ultrajes del estalinismo. Por desgracia, la demografía china admite hundirse más todavía en el fango homicida. Durante “la dictadura del proletariado” de Mao Zedong murieron más de 40 millones de personas, el equivalente al 1,3% de la población mundial de entonces y el 6% de la sociedad china. Cayeron víctimas de trabajos forzados, desplazamientos al campo, violencia generalizada y hambrunas ocasionadas por la asombrosa chifladura de las políticas maoístas (y no usamos a la ligera el apelativo de “chifladura”). Mao no estaba precisamente compungido con la montaña de cadáveres que originaron sus ideas: “Pueden fertilizar la tierra […] Estamos dispuestos a sacrificar 300 millones de chinos por la victoria de la revolución mundial […] la mitad de la población aniquilada”. El Partido Comunista de China aún presenta a Mao como un “gran héroe”. Apenas matiza su gestión parafraseando una frase suya: “acertó en un 70% y erró en un 30%”.

¿Y qué hay de la relación del PCCh con esta prodigiosa máquina de matar? A fines de los ’50 y comienzos de los ’60, como consta en las memorias de Luis Corvalán (pág. 109), el partido recibía encantado sus aportes financieros, el mayor socio y contribuyente del fondo internacional. La dirección china entregó US$50 mil, retirados de un banco europeo y traídos por Neruda. El poeta le escribió que “los libros que me encargaste” no le permitían dormir tranquilo.

Démonos una vuelta breve por la República Democrática Alemana, un régimen tan inhumano que cerca de cien mil berlineses arriesgaron la vida para huir de él atravesando un muro. O peor, que al menos 136 de ellos fueron acribillados por su propio gobierno solo por intentarlo. El PCCh recibía de ese régimen “cooperación ideológica”.

Hablemos ahora de Cuba. Sigue Leonardo:

Sé lo que muchos están pensando. “Aaaah, claro, hay algunos problemas, pero por otro lado mira lo fantástica que es el sistema de salud, y la equidad, etcétera”. ¿Sabes por qué sé que te equivocas? Porque soy cubano, y viví allí hasta los 19 años, punto en que la persecución política y religiosa, el solo hecho de pensar diferente, puso en riesgo mi integridad. No me quedó más opción que vender una casa, arriesgar mi vida y huir. Otros de mis familiares tuvieron menos suerte. Fueron asesinados, sus embarcaciones hundidas en el mar. ¿El famoso Che Guevara, que tantos lucen en su polera? Fusiló al tío de un gran amigo para no correr el riesgo de ser delatado. Eso aparte de las más de 200 ejecuciones sumarias que comandó en La Cabaña. Daniel Alarcón, excompañero del Che en la guerrilla en la Sierra Maestra, contó que “el Che se sentaba en un muro, fumando su puro, viendo las ejecuciones”. ¿Has oído del crimen del Remolcador 13 de marzo, embarcación hundida por órdenes de Fidel Castro? 41 personas fueron así asesinadas, 10 de ellas menores de edad. Castro lo llamó “esfuerzo verdaderamente patriótico”. Este es el mismo homicida de quien Camila Vallejo dijo: “todas las reflexiones que haga Fidel constituyen luz y esperanza para Chile”. ¿Cuántas de las 47.708 personas que votaron por ella en 2017 sabrán esto?

Archivo Cuba cifra en más de 4000 las muertes y asesinatos extrajudiciales desde el triunfo revolucionario. Aún así, algunos dudan de que el balance final de la dictadura castrista sea tan funesto. Pero si no fuera así de horrenda, si fuera ante todo mala prensa del mundo capitalista ¿Por qué crees que tantos de mis compatriotas arriesgan su vida cruzando 150 kilómetros en mares infestados de tiburones? Esa raya para la suma es irrebatible, más concluyente que cualquier listado de pros y contras que pudieras sistematizar en un papel.

Bueno, resulta que mientras Castro y Guevara desperdigaban sus ejecuciones sumarias, el PCCh acogía sus cursos formativos y suministro de armas.

Por último, Corea del Norte. Este régimen opresivo es uno de los grandes dramas de la historia contemporánea. Naciones Unidas informó en 2014 que “la gravedad, escala y naturaleza de estas violaciones [a los derechos humanos] revelan un estatus que no tiene paralelo en el mundo contemporáneo”. Es que de verdad es inimaginable.

Una muestra. En 1989, la capital Pyongyang fue “limpiada” de miles personas de baja estatura y con discapacidad. La ciudad se aprontaba para acoger el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, y el objetivo era eclipsar los Juegos Olímpicos del año anterior en Seúl. A los bajos les informaron de un medicamento que les permitiría ganar algunos centímetros y los enviaron a islas remotas. Ninguno retornó. Sabemos que resulta difícil de creer. Acá el testimonio de un médico involucrado.

¿Y qué hizo el PCCh cuando el sádico de Kim Jong-Il murió? Publicó condolencias por la muerte del “compañero”:

El PCCh está convencido de que la lucha por la construcción de una próspera sociedad socialista, por la reunificación del país, la defensa de los intereses del pueblo coreano en contra de las maniobras del imperialismo norteamericano continuarán siendo impulsadas firmemente por quien lo reemplace.

Al final, persuadir al lector de cuán directo es el vínculo del PCCh con sus pares soviético, chino, alemán, cubano y norcoreano no debiera requerir el derrame de tanta tinta. Después de todo, comparten el nombre, el logo y los estatutos de la Internacional Comunista, y todos entonan La Internacional.

Venezuela, por otro lado, no es gobernado por el Partido Comunista. Ignoramos si existe un vínculo formal entre el PCCh y el régimen de Maduro. Lo que sí sabemos, es que tras informe de la Misión Internacional de la ONU que acusó crímenes de lesa humanidad, el PCCh emitió un comunicado en defensa del gobierno venezolano. Catalogó el informe como “carente de pruebas fácticas”.

Ojalá todo esto fuera cosa del pasado, pero no lo es. De nuevo con Genaro Arriagada (2020):

En su programa, el PCCh invoca como piedra fundamental al leninismo, algo que creíamos superado. No es un reproche, pues formas de pensamiento equivocadas hay muchas y frecuentes en la izquierda y la derecha. Pero el leninismo, más allá de su descrédito intelectual, es un concepto sobre la revolución, el Estado y el partido, que niega la libertad y la democracia. Es lo que indica su mera lectura y, mucho más importante, es lo que ha sido la consecuencia invariable de su práctica política, al punto que no se conoce una sola experiencia que, habiendo invocado al leninismo como ideología, no haya terminado en una dictadura, en un régimen de partido único y en la persecución no solo del liberalismo, sino también de la socialdemocracia y el social cristianismo.

¿Cómo es posible que una organización con ese currículum capture ocho diputados, tres alcaldes, ochenta concejales y un sinnúmero de federaciones estudiantiles? ¿Qué luzca un precandidato presidencial encaramado en las encuestas? Si es inimaginable un Partido Nazi de Chile, con el mismo logo y estatutos (por fortuna), o un Partido Pinochetiano (por fortuna; si bien existe la fundación, no capta votos) ¿Por qué no ocurre lo mismo con el PCCh? Son tan horripilantes los sucesos de la URSS y de la China de Mao que es difícil no pensar sus votantes los desconocen. O bien, ignoran que el PCCh es parte del mismo lote. O ambos.

Ciertos rasgos de la sociedad en la que uno vive resultan llamativos para quienquiera los observe desde fuera. Son solo los locales, ya habituados a ellos, quienes no reparan en su extrañeza. Deben esperar a que un extranjero se los haga ver. En Chile cabe en esta categoría que los bomberos sean voluntarios, que llamemos “ampolletas” a las bombillas y que una de las bisagras del parlamento sea un partido comunista. He hablado con peruanos, alemanes, españoles, suecos, canadienses y mexicanos a quienes, una vez superada la sorpresa, les resulta inverosímil que un actor tan gravitante de nuestra política contingente lleve sin desparpajo el apelativo de “comunista”.

Conviene recordar que en 2019 la Unión Europea situó al comunismo al mismo nivel que el nazismo, por aplastantes 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones. La declaración de los europarlamentarios señala:

Ambos regímenes cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones, y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad.

Es por estas salvajadas que la categoría “partidos comunistas prohibidos” de Wikipedia en inglés incluye nada menos que 138 ejemplos, de países tan dispares como España, Alemania, Suiza, India, Polonia, Tailandia, Malasia, Nigeria y un largo, largo etcétera. Es Wikipedia, no podemos jurar de guata que cada sílaba sea precisa, pero incluso si hubiera algún error el mensaje es macizo. Los autores no abogamos por prohibir el PCCh, como ya ocurrió aquí entre 1948 y 1958, pero sí por derrotarlo en las urnas.

No sucumbas al juego del empate. Sí, es verdad que Lyndon Johnson aprobó el uso de agente naranja sobre población civil en Vietnam, entre muchas otras bestialidades, que su Partido Demócrata sigue siendo un pilar de la escena política estadounidense, y que podríamos exponer miles de ejemplos similares asociados a partidos vigentes de democracias liberales. Pero hay diferencias muy sustanciales. Primero, el Partido Demócrata no compite en las elecciones chilenas, y por lo tanto no es un dilema ético que enfrenten los electores locales. Segundo, porque una cosa es una guerra internacional, atroz por definición, y otra cometer atrocidades contra tu propia población. En lugar de alargarnos sobre este argumento, observa la raya para la suma final: la RDA tuvo que construir un muro porque eran ya demasiados los ciudadanos que no soportaban más y huían, y aún con el muro levantado y su propio gobierno disparándoles a matar siguieron corriendo el riesgo. Los cubanos siguen arriesgando su vida en un mar con tiburones. Mientras que a Estados Unidos, pese a todos sus defectos y sus crímenes de guerra, le ocurre exactamente lo contrario: debe lidiar con mareas humanas que intentan ingresar a cómo de lugar.

Otros responderán que, por las mismas razones aquí expuestas, es inmoral apoyar partidos en los que militan figuras que trabajaron para la dictadura de Pinochet. Porque aquí no se pone en duda de que ese fue un régimen que torturó, asesinó, exilió y, en general, practicó terrorismo de Estado en forma sistemática. Al respecto, tres cosas.

Lo primero, es que, aunque también horrendo, la diferencia de escala y alcance con los casos antes expuestos es abismal.

Lo segundo, es una distinción de fondo: esto es un reproche a las instituciones mismas, no a cada uno de los individuos que pertenecieron a esas instituciones. De la misma manera que es legítimo que una persona que trabajó en las dictaduras de Stalin o de Mao y que no estuvo personalmente involucrado en los horrores se reintegre a la vida pública, es legítimo que quien trabajó en la dictadura de Pinochet y que no torturó ni asesinó participe de la política chilena (y los que sí, debe atenerse a los fallos de la justicia). Ni la UDI ni RN llevaban las riendas de la nación durante la dictadura, como sí las llevaba el PC en la Unión Soviética, China o Cuba. Las riendas aquí las llevaban los militares.

Lo tercero: si te parece que el grado de agencia de la UDI o RN durante la dictadura de Pinochet fue suficiente para situarlos en una categoría similar a los partidos comunistas de los regímenes citados, ok, podemos entender tu postura. Es debatible, desde luego. Ahora, siendo así, tendrás que ser consistente: si has fijado ahí la vara, entonces no existe ninguna posibilidad de que el PCCh la apruebe. Respetamos que a tu juicio no haya redención para quienes fueron empleados por la dictadura, siempre y cuando al mismo tiempo no hagas vista gorda con el idilio del PCCh con Stalin.

Todo esto no tiene que ver con la posición política. Es del todo legítimo abogar por ideas estatistas, o ir más lejos y defender la propiedad social de todos los medios de producción, o anhelar el comunismo definitivo de Marx y Engels en el que se extingue el Estado. No son nuestras ideas, claro, pero son parte del normal disenso democrático. Lo que no es legítimo es apoyar a una institución específica, RUT 71.701.800–1, que, a lo largo de sus 98 años de historia, ha compartido estatutos con las organizaciones perpetradoras de las mayores carnicerías de la historia contemporánea, profitado financieramente de ellas, y alabado zalameramente por décadas. Si defiendes ideas afines al comunismo, hay otras tiendas políticas sin ese horrendo prontuario que puedes apoyar. Podemos discrepar en las ideas, pero cuando penetramos al santuario de los derechos humanos la posición política debe subordinarse al test de la blancura.

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