La frivolidad de los aleonadores de escritorio

¿Qué nota le pondrías a Carabineros en el manejo del orden público? Supongamos que un 1 indica que cada uno de sus más de 58 mil funcionarios es un sádico cuyo objetivo último es dañar quienes protestan. Un 7, que todos ellos son seres perfectos de autocontrol y gestión de la violencia, y que todas y cada una de las lesiones infligidas desde el 18-O eran humanamente inevitables.

Si tu nota está más cerca del 7 que del 1, planteas que tragedias como los 35 estallidos o pérdidas oculares que reporta el INDH son, en el grueso, daño inevitable. En su mayoría, consecuencia trágica del irrenunciable deber de controlar, en abismal inferioridad numérica, una masa de gente que incluye a un grupo que destroza, ataca y quema (excluyendo los delitos de encubrimiento, que no es materia de esta columna). Asumo entonces que no estás azuzando las marchas. Puedes dejar la lectura hasta acá.

Si, por el contrario, tu nota está más cerca del 1, necesariamente debes enfrentarte a una verdad incómoda. Concluyes que es peligroso asistir a concentraciones con propensión a la violencia, como las que ocurren en Plaza Italia / Dignidad desde el 18-O. Quizás esto te va a enfurecer, pero ello implica que es una irresponsabilidad promover la asistencia de quienquiera. En especial de cabros jóvenes, más propensos al choque. Es como aleonarlos a participar en ruletas rusas o carreras clandestinas en autopistas: si después lamentamos algo, no me vengas a decir que nunca imaginaste que podía pasar.

Entre más eventos con propensión a la violencia ocurran, más personas participen de ellos, y más violentos sean, sabemos a ciencia cierta que más tragedias como la de Anthony en el lecho del Mapocho ocurrirán. Es una consecuencia estadística tan lamentable como obvia e irrefutable. Es el mismo motivo por el que hubo menos lesiones futbolísticas durante este 2020 de ligas cerradas, y por el que hay más ahogados en febrero que en junio.

Podemos esperar algo de este tipo, donde α indica que la cantidad de tragedias es proporcional a la expresión de la derecha:

En el muy corto plazo no podemos cambiar los factores rojos. Ni la nota de Carabineros, porque el entrenamiento y la habilidad no se adquieren de un día para el otro, ni el grado de violencia de ese pequeño núcleo duro, porque eso echa raíces en hondos fundamentos psicológicos. Lo que sí podemos cambiar todos, a través de lo que hacemos y comunicamos, son las dos variables en azul: el número de eventos con propensión a la violencia y el número de participantes. Alentar el tipo de concentraciones que hemos visto desde el 18-O es estadísticamente un camino seguro a más tragedias. Es triste, que duda cabe, pero es un dato, no una opinión. Todos quisiéramos contar con una policía perfecta, pero el hecho de la causa es que no la tenemos. Debemos actuar de acuerdo con como es el mundo, no con como quisiéramos que fuera. Sorry.

Se pueden volver a revisar los protocolos de Carabineros (ya actualizados en 2019), se puede “modernizar” la institución (lo que sea que esto signifique) e incluso se podría discutir la propuesta de Daniel Jadue de jefaturas civiles. Ok, pero nada es ni inmediato ni perfecto. Esta no es “la policía de Piñera”, es la policía de Chile, con funcionarios de carrera que trascienden los gobiernos. Cuando Sebastián Zamora embistió a Anthony en el Puente Pío Nono no estaba sopesando el artículo quinto inciso tercero del protocolo del Ministerio del Interior de Piñera. Estaba adoptando decisiones en microsegundos, en medio del fragor de la batalla y corriendo riesgo personal. Eso se puede pulir, sí, pero tiene un límite. Si Jadue ganara la presidencial, los individuos que mandataría a controlar la quema de micros serían los mismos que vemos hoy. No podrían mejorar radicalmente su performance en medio del frenesí de la calle solo por cambios en la banda presidencial.

Hoy abundan las voces que abogan por disolver Carabineros y fundar un organismo nuevo. Esto descansa en el fantástico supuesto de que esos nuevos funcionarios sí serán modelos de virtud, y sí serán capaces de enfrentar turbas violentísimas con una tasa muy inferior de errores. Ello aún cuando su experiencia acumulada será nula, y aun cuando la selección que uno podría aplicar a los postulantes hoy es muy inferior a la que se aplicó en su momento, porque las personas de mayor vocación ya están dentro, y porque el interés por ser policía se ha desplomado, por obvias razones. Es evidente que, incluso si creáramos una organización nueva, tan pronto saltara a la hostil cancha de la lluvia de proyectiles comenzarían a aflorar tragedias.

Incluso si en el largo plazo nuestra policía, esta u otra, alcanzara la hipotética nota 7, en la que cada intervención es humanamente perfecta, verdaderos ángeles platónicos del control, las tragedias no bajarían a cero. Habría menos, por supuesto, pero las habría. Mal que mal, las mismas convocatorias suelen hablar de “lucha social”. ¿Se puede aceptar una invitación a una “lucha” y pretender que el riesgo sea exactamente cero? No perdamos de vista la naturaleza de la misión que como sociedad acordamos encomendarle a Carabineros: reprimir a ese puñado de exaltados que, si bien minoritarios en número, exhibe un grado de violencia descorazonador, y nula valoración por la integridad de los policías que encaran. Esto no es retórica vacua. Entre octubre de 2019 y marzo de 2020 Carabineros informaba de 4.817 heridos en sus filas, 82 de ellos por quemaduras, 126 por arma de fuego y 33 por traumas oculares, además de 544 cuarteles atacados y 1.198 vehículos policiales dañados o destruidos. El teniente Camilo Parragué sufrió una fractura abierta del húmero luego de que encapuchadas le aventaron piedras y lo arrojaron al suelo donde fue atropellado por un bus. María José Hernández y Abigail Abusto recibieron molotovs en la cara.

Piensa en Fabbio Cannavaro, nominado al Ballon d’or al mejor zaguero central de todos los tiempos. Aún así, le mostraron 145 tarjetas amarillas y 15 tarjetas rojas a lo largo de su carrera. Cada una de ellas representa un momento en que, dada la dificultad de la misión encomendada (anular a escurridizos como Ronaldo), ni siquiera el mejor pudo evitar la agresión. La temporada 2006 de Roger Federer es quizás la más gloriosa de un individuo en la historia del tenis — campeón de tres grand slams y vicecampeón del cuarto — y aún así en la final de Wimbledon, su prueba más fuerte, cometió 37 errores no forzados. Así como ni Cannavaro puede lograr tasa de error cero ante Ronaldo ni el mejor Federer puede lograr tasa de error cero ante Nadal, ni el mejor cuerpo policial del mundo podrá lograr tasa de error cero ante una horda de exaltados que les arrojan piedras, palos y molotovs en forma inmisericorde. Ojalá hubiese mejores herramientas que los toscos guanacos, lacrimógenas, balines de goma y reducción cuerpo a cuerpo. Ojalá la tecnología nos agasajara con un super-rayo paralizador inocuo o algo así. Por desgracia, no lo hay.

“¡Es que no podemos renunciar al derecho a manifestarnos como ciudadanos! ¡en una sociedad así no vale la pena vivir!”. Eso es cierto. Es un derecho inalienable que no podemos sacrificar. Por fortuna, nadie plantea algo así. Esta columna es acerca de la irresponsabilidad de alentar solo ese pequeño subconjunto de eventos con propensión a la violencia, no de todas las formas de expresión callejera. Recuerda que si [Índice de Violencia] tiende a cero, [N° tragedias] también tiende a cero. Hablo solo de eventos como este, convocado por una agrupación cuyo solo nombre explicita su intención de torear a la autoridad:

No perdamos de vista que antes del 18-O vivimos casi tres décadas en que las movilizaciones ciudadanas se realizaron, en su inmensa mayoría, sin grandes desdichas. No estoy insinuando que fue todo inmaculado y que no lamentamos ni una sola tragedia como consecuencia del actuar policial. Sí las hubo. Todos recordamos, por ejemplo, el caso de Rodrigo Avilés. Pero no era el tema dominante en la agenda de las movilizaciones, ni justificó un informe de cuatro organizaciones de derechos humanos diferentes como ocurrió en 2019. En 2011, los universitarios se volcaron a la calle durante meses y meses, cientos de miles, y que yo sepa ni uno solo perdió un ojo o acabó en el lecho del Mapocho (aunque, desde luego, muchos habrán pasado malos ratos con el guanaco o las lacrimógenas). Y, para bien o para mal, consiguieron sus objetivos y hoy contamos con gratuidad universitaria. El movimiento LGBTI+ lleva décadas manifestándose de manera pacífica en las calles y su agenda de igualdad avanza sin prisa y sin pausa. O recuerda el movimiento pingüino de 2006, o los actos de la CUT cada primero de mayo desde hace décadas, o incluso las marchas No + AFP previas al 18-O. Seguro que problemas hubo, pero Human Rights Watch nunca se vio compelido a pronunciarse.

Las circunstancias no se cambian por la mera voluntad. Lo mejor que podemos hacer para prevenir más dramas como las de Gustavo Gatica y Fabiola Campillay es evitar que Carabineros se vea forzado a desenvainar balines y lacrimógenas. Entre más crítico seas del actuar de nuestra policía, más gente estarás poniendo en peligro si alientas eventos de este tipo. Cero épica, lo sé, pero de lejos la manera más efectiva de cuidarnos.

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